Vida de Antonio María Zaccaría

Cremona, la ciudad donde nació Antonio María Zaccaría, fue formada por los Galos de Breno; de colonia romana pasó a ser fortaleza; luego fue destruida y reconstruida bajo los bizantinos de Ravena y los Longobardos de Agilulfo y Teodolinda. De prisión de Federico Barbarroja pasó a ser la primera sede de los conjurados de Pontida. Compitió con las ciudades vecinas. A veces se encontraba en manos de señorías y otras en manos de tiranos o mecenas. Cremona se asoma al siglo XVI más bien como ciudad guerrera que bonachona.

Entre la gran fortaleza del Castillo de Santa Cruz y el pequeño Castillo del Burgo del Santo Espíritu en la otra orilla del río Po, se extendía la ciudad con humildes casas y los palacios nobles. En uno de estos palacios, a inicios del año 1502, nacía un niño que en la fuente bautismal de la parroquia de San Donato recibió el nombre de Antonio María. Su padre Lázaro era de la noble familia de los Zaccaría. También su madre, Antonieta Pescaroli, pertenecía a una familia de nobles.

Los Zaccaría habitaban desde tiempos inmemoriales al fondo de la actual calle Beltrami. Vivían al modo patriarcal: el jefe de la familia, Bernardo, con su mujer Elizabeth Pascuali, los dos hijos Lázaro y Pascual con sus respectivas esposas: Antonieta Pescaroli y Apolonia Roncadelli, los nietos Antonio María, hijos de Lázaro, Bernardo, hijo de Pascual, y Venturina, hija natural de Lázaro, engendrada por éste antes de contraer matrimonio. La familia se ocupaba de un floreciente comercio de paños de lana. El negocio era tan grande que era señalado en los documentos como “palacio”.

Los Zaccaría no eran de mucha salud física. El jefe de familia, Bernardo, murió relativamente joven, antes del inicio del siglo, y el hijo de Pascual heredó su nombre. Algunas semanas después del nacimiento de Antonio María, en enero de 1503, una vez más la muerte tocará la puerta de los Zaccaría dejando huérfano de padre a nuestro Santo. Un año después, en 1504, le tocará el turno a Pascual. Y en casa de los Zaccaría quedarán solo las mujeres y los niños: la suegra con dos nueras y tres nietos…

En este ambiente sufrido, pero cálido, creció Antonio María. Era delgado y pálido, palidez que le acompañará durante toda su vida. A juzgar por los años sucesivos de la vida de Antonio María, no se diría que a su educación le faltase la figura paterna: en sus escritos y obras nos revela una fuerza de capitán resoluto que entusiasma. Esto indica que su formación fue profundamente armónica y fundamentalmente serena. Poco sabemos de su adolescencia, sólo el episodio de la capa de terciopelo que le dio a un pobre tieso de frío, hecho que se habría repetido en más de una ocasión. También de sus estudios sabemos poco: en Cremona habría realizado sus estudios humanísticos de latín y griego, antes de abordar los superiores de filosofía, medicina y, finalmente, teología.

La idea de abandonar la casa paterna puede entusiasmar el espíritu de aventura, y más aún si es para continuar el período de estudio en una ciudad famosa por su saber (Padua). En 1520, decidido ya a hacerse médico “por honor de su familia”, realiza un acto difícil de creer si no se conservaran los documentos auténticos en el Archivo estatal de Cremona. Con la firma del notario Germino Salandi, el 05 de octubre hace testamento a favor de su primo Bernardo, dejando usufructuaria a su madre; y el 16 del mismo mes hace donación irrevocable de todos sus bienes a su madre. Sorprenden algunas cláusulas, como que la donación no puede ser revocada por ningún motivo, ni aunque llegase a tener hijos propios. Sólo se reserva cien liras imperiales. De este modo, Antonio María dejó Cremona para marcharse a Padua.

Una vez graduado de médico, año 1542, regresa a Cremona, donde encontró trabajo inmediatamente, dada la peste que había comenzado en la ciudad en el verano de aquel año. Los biógrafos hablan del palacio Zaccaría convertido en sanatorio. Posteriormente su madre lo obligó a asumir toda la administración de los bienes. Tal vez es esto lo que le permite dar limosna a los pobres, como lo refieren sus biógrafos.

Por esta época comenzó a frecuentar los padres dominicos del Convento de Santo Domingo, donde tuvo por director espiritual primero a un tal fray Marcelo, y luego a fray Bautista Carioni de Crema.

El año 1528 marca un giro importante en la vida de Antonio María: abandona la medicina y se orienta hacia el sacerdocio. No conocemos la motivación precisa que lo haya llevado a esto justo en un momento en que las necesidades sociales de su tierra eran muchas y urgentes, y donde su obra de joven y activo médico hubiera sido preciosa. Es probable que el convento cremonés de Santo Domingo, donde tenía como propio director espiritual a fray Marcelo, haya sido el ambiente que lo preparó al sacerdocio. Era un ambiente culto, vivaz, en el cual los problemas de la Iglesia eran sentidos y vividos a fondo: baste pensar que ese mismo año de 1528 el superior del convento, fray Bartolomé Maturi, había ordenado la Orden dominicana para pasarse al lado de los protestantes. En aquel contexto, Antonio María sintió la viva urgencia de la Reforma, tan invocada por los concilios pero jamás actuada. Antonio María comprendió, en cambio, que debía hacerse desde la base, haciendo lo que era posible pero haciéndolo todo, de lo demás se ocuparía Aquel que había muerto en la cruz por su Iglesia.

Las únicas etapas verificables de su preparación al sacerdocio fueron el estudio de la Biblia, de los Padres de la Iglesia, ascesis y oración. Y cuando al final de aquel fatídico 1528, él celebró su primera Misa en la pequeña Iglesia de San Vital, apareció un coro de ángeles adorantes alrededor del altar y del nuevo sacerdote al momento de la elevación de la hostia.

Antonio María comienza la reforma en su ciudad natal. La acción fue dirigida en primer lugar a quienes ocupaban puestos de responsabilidad: los padres en las propias familias y los profesionales en sus funciones. Era vano soñar con un mundo nuevo si no se comenzaba por la familia y las profesiones, los dos pilares sobre los que se construye la sociedad. Con ellos forma un pequeño grupo de reflexión llamado “Amicizia”; su patrono es San Pablo y la tarea específica es la reforma de las costumbres.

Además de este grupo, Antonio María se ocupó de la reforma de los monasterios, orientó en la vida espiritual a algunas damas y coordinó los esfuerzos de algunos reformadores solitarios. Fue tan eficaz su labor que Cremona le nombró “Padre de la Patria”, con apenas 28 años de edad.

Pero Dios le indica un nuevo camino. Deja su actividad en Cremona y se dirige al castillo de Guastalla como capellán de la Condesa Ludovica Torelli. Y a comienzo de los años ’30 se dio arranque a la reforma religiosa del pequeño ducado de Guastalla, en la cual tuvo parte importante fray Bautista de Crema.

En 1530, Antonio María acompañó a la Condesa en su viaje a Milán. Aquí tuvo oportunidad de conocer el Oratorio de la eterna sabiduría: un grupo de laicos que se ocupaban de la reforma. Pero en la actualidad sufrían la desorientación a causa de la muerte de los dos fundadores del grupo. Antonio María les animó a continuar en su estilo de vida. Pero lo más destacado de esto fue su encuentro con el joven notario Bartolomé Ferrari y con el arquitecto Jaime Morigia. Entre ellos nació una amistad destinada a producir grandes frutos. De las conversaciones entre Antonio María, Bartolomé Ferrari, Antonio Morigia, fray Bautista y la condesa Torelli, nació la idea de vender el feudo de Guastalla al mejor postor y cambiarse a Milán, la gran metrópolis tan necesitada de reavivamiento espiritual, para efectuar allí el ambicioso plan de reforma.

Parece que el definitivo cambio a Milán ocurrió a fines de agosto de 1532. Los tres amigos (Morigia, Ferrari y Antonio María) se instalaron en una pequeña casa cerca de la iglesia de San Agustín, lugar que les servía de habitación personal y centro de reuniones. Ya tenían en mente fundar una nueva institución que se dedicara de lleno a la reforma. El número de quienes acudían a las conferencias espirituales de Antonio María aumentaba día a día; entre ellos podía contarse a laicos y clérigos.

Durante una de las acostumbradas reuniones el pequeño grupo decidió solicitar a la Santa Sede la aprobación de su obra. El Papa Clemente VII se declaró dichoso de firmar el documento de aprobación a perpetuidad, por tener tan buenas referencias del celo apostólico de la pequeña sociedad. Era el 18 de febrero de 1533. De este modo nace formalmente una nueva Orden de clérigos regulares. La bula del Papa Paulo III del año 1535 la especifica como Clérigos regulares de San Pablo. Sin embargo este nombre pronto cayó en desuso: el pueblo prefirió llamarlos barnabitas, debido a la primera iglesia que tuvieron los padres en Milán, dedicada a San Bernabé (Barnaba, en lengua latina).

La comunidad no tenía ninguna regla escrita. Por la humildad de todos y el amor a la obediencia parecía que no hiciera falta otra norma que no fuera la voz del Fundador. Sin embargo, pensando en el provenir de la Orden, Antonio María se decidió a escribir un bosquejo de Constituciones, no sin antes pedir oraciones a sus compañeros, luces a Dios y consejo a su director espiritual fray Bautista de Crema. No obstante, jamás pudo concluir este documento por las mucha actividades en que se empeñaba y por su muerte prematura. Las constituciones definitivas, que rigen la vida y actividad de la Congregación Barnabita, fueron fruto de años de trabajo, en el cual colaboró de un modo particular San Carlos Borromeo. La aprobación del texto estuvo a cargo del Papa Gregorio XIII el 25 de abril de 1579.

Antonio María había comprendido que no sólo la continencia, sino también la castidad conyugal es don de Dios; por eso, y anticipándose en siglos al Concilio Vaticano II, subrayó en su acción formadora la importancia del matrimonio como medio de mutua santificación entre los esposos. En un siglo de libertinaje era preciso devolver al matrimonio cristiano toda su belleza y dignidad. Y aprovechando que a las reuniones del Círculo de la eterna sabiduría asistían laicos de ambos sexos, les compromte en una asociación piadosa y apostólica, llamada Orden Tercera de los Casados, la que debe tener una finalidad bien precisa: la santificación de los miembros para contribuir mediante la acción y el ejemplo a cristianizar el ambiente familiar y social.

No todo fue fácil para este pequeño grupo de reformadores. Hubo tanto empeño en su obra, y tantas las conversiones que originaban, incluso entre los nobles de la ciudad, que pronto despertaron las envidias de las gentes. Nuestros primeros padres no sólo eran objeto de burlas, sino también de amargas acusaciones ante el tribunal de la Inquisición. Se les tachó de fanáticos, de atentar en contra de la dignidad de la nobleza y de prácticas contrarias a la fe. Acusaciones que no pudieron ser probadas en ningún juicio.

San Antonio no sólo dio vida a los Barnabitas y a la Tercera Orden de los casados, sino además a una congregación femenina. Al inicio sólo se trataba de un grupo de mujeres reunidas en torno a la Condesa Torelli, pero con la firme dirección de Antonio María. Paulatinamente se fueron entusiasmando por una vida de total entrega al Crucificado y, por amor suyo, al servicio apostólico. El Papa Paulo III las aprobó como congregación el 15 de enero de 1535, bajo el nombre de “Angélicas de San Pablo”.

Con estos tres grupos apostólicos, San Antonio se lanzó de lleno a la tarea de la reforma. Célebres fueron las misiones de Vicencia en 1537, de Verona en 1542, de Venecia en 1544, de Brescia en 1547, de Ferrara en 1548, etc.

Tenía el Santo poco más de 36 años cuando se sintió cansado de muerte. Había recorrido un largo camino: de Cremona a Guastalla, y después a Milán. De Milán a Vicencia y los demás lugares de misión; y de nuevo a Milán para continuar con la formación de los Barnabitas y las Angélicas y hacer frente al problema de la adquisición de la futura y definitiva sede para la Congregación. Aunque breve, la vida de Antonio María fue de una belleza espiritual extraordinaria, sólo comparable a una puesta de sol, que luego de iluminar el día se sumerge en los abismos de la muerte con la serenidad de quien lo ha dado todo.
Consciente de su deteriorado estado de salud, pide ser trasladado a Cremona para morir en la compañía de su madre. Poco antes de morir llamó a sus hijos espirituales y les reveló una visión mística en la que el mismo Apóstol San Pablo le anunciaba que a su obra le esperaban momentos difíciles, pero que jamás se extinguirían los barnabitas en el mundo. A las 15 horas del sábado 05 de julio de 1539, mientras las campanas tocaban para la oración de vísperas de la octava de San Pedro y San Pablo, Antonio María dejaba este mundo. En su última carta, dirigida al matrimonio Omodei, se lee: “No quiero que seáis santos pequeños: os quiero grandes santos. No digáis nunca: ¡solamente hasta aquí!, en vuestras ascensiones espirituales, porque siempre queda cuesta por subir. Es preciso que corramos como locos no sólo hacia Dios, sino también hacia los prójimos, porque en ellos entregamos a Dios lo que no podemos darle directamente, no teniendo El necesidad de nuestros bienes”.

Antonio María fue canonizado el 27 de mayo de 1897 por el Papa León XIII, luego de una ininterrumpida fama de santidad verificada desde el mismo día de su muerte. Es sabido que la Santa Sede requiere de tres milagros probados para confirmar a un santo como intercesor ante Dios. Estos tres milagros se verificaron entre 1873 y 1876: dos curaciones a enfermos graves en su propia familia, Paola (curada de una enfermedad a los riñones y de un tumor a la garganta) y Francesco Aloni (curado de un tumor que le provocaba múltiples llagas en el cuerpo), de Cremona; y otra a Vincenzo Zanotti (curado de várices), de Castagnolo Minore. En cierto modo, Antonio María había vuelto a ejercer la medicina.

P. Humberto Palma O., c.r.s.p.